Cita a orillas del Nilo

Vistas sobre el Nilo en el Cairo

Una sonrisa radiante irradía simpatía. Los ojos son, por un lado, las ventanas del alma y, por el otro, los cañones que, disparando miradas tórridas, desarman corazones introvertidos. Al encuentro acuden las ganas de reír, llorar y aguantar la respiración.

Ahora que he encerado y acerado mis armas de seducción, ya estoy listo para entrar en acción. Miro la hora. Todavía queda tiempo. Estudio mi aspecto en el reflejo que me devuelve la luna de un coche aparcado en la acera. Reparo en que el viento me ha enredado ligeramente el pelo. Me saco un peine del bolsillo y trato de arreglarme el estropicio capilar. Echo un vistazo a mis zapatos. Su aseo deja que desear. Me agacho y, con un pañuelo de papel, los lustro hasta dejarlos en un pispás como los chorros del oro.

Primero pasearemos un rato lado a lado junto al Nilo. Al deslizar ella su mirada por el atardecer, sus ojos se teñirán de azul crepuscular, su sedoso cabello brillará con aún mayor intensidad, si cabe, que de costumbre, y su largo cuello se enunciará como el summum de la donosura.

Echo otro vistazo al reloj. Está a punto de dar la hora a la que habíamos quedado. Inspecciono mi entorno en la esperanza de verla aparecer adelantándose unos segundos a la hora acordada.

Después de pasar un rato caminando a su vera, le ayudaré a encaramarse a la barandilla de piedra que discurre junto al Nilo. Yo me quedaré observándola, contemplándola hasta tener que apartar la mirada para que su imagen no me chamusque las retinas. Escribiré poemas sobre sus labios, relatos sobre su nariz, canciones sobre sus orejas. Si se me permite la osadía, diré que estoy incluso dispuesto a destilar odas de sus caderas. Ella sonreirá azorada, puede incluso que suelte una carcajada atropellada mientras me insta a que pare, cuando en el fondo me está suplicando que persevere.

Creo que la veo venir desde detrás de aquel árbol grueso. Asedio a la sílfide que se aproxima con la mirada. No es ella, tan sólo le daba un aire.

Hasta de los rincones más recónditos, se abalanzarán sobre nosotros vendedores de refrescos, de cacahuetes, … Seguro que nos topamos con el chaval que vende huevos y roscas de pan con sésamo; la señora que te encasqueta una gargantilla de jazmines a la primera de cambio; el viejecito que … , bueno, tampoco se le puede flagelar a uno por no estar al día en materia de anchetas itinerantes. Lo que cuenta es que ella acabará toda acicalada con su gargantilla de jazmines sin haber tenido que mover un dedo. En una mano sujetará un refresco y en la otra, hará equilibrios con la rosca de pan y el huevo. Arracimados en torno suya, a la espera de ser devorados: un cucurucho de cacahuetes y otro de altramuces, un tarro de hummus y unos brics de zumo.

Me cercioro de la hora que es y miro en derredor. Respiro hondamente y me pongo a dar vueltas in situ. Aceptaré sus disculpas, la mantendré entretenida con mi arte para hilvanar historias y prestaré atención a la letanía de suspiros que me enjarete. Me tragaré a pies juntillas sus aserciones, absteniéndome de ponerlas en tela de juicio, pues, total, dudo mucho que mi capacidad de discernimiento me vaya a permitir cribar la música celestial en que automáticamente se traduzca cuanto ella elija susurrarme al oído en aras de desenmascarar las sandeces que, a todas luces, proferidas por otros labios, me habrían chirriado notablemente, puede que hasta el punto de lacerarme el tímpano. No se trata de ir haciéndose uno el tiquismiquis por la vida. Después de decir amén a lo que me cuente, me santiguaré para mis adentros, y así, aquí paz y después gloria. Lo de marras: para ser un bendito hay que aprender a asentir como los tontos.

Ha pasado media hora desde la hora a la que habíamos quedado y aún, ni rastro de ella. Pero todavía no hay razón para alarmarse. Ya se sabe que, en los tiempos que corren, la gente se salta la puntualidad a la torera.

Al rato, la ayudaré a bajar del muro. Naturalmente, no podré evitar palparle comedidamente las turgencias. Trataré de dominarme. Ella actuará como si el roce hubiera sido accidental.

Alzaré la vista al cielo y escogeré una estrella. Se la señalaré. La rebautizaremos y nos la apropiaremos. Nos reiremos a mandíbula batiente. Nos reiremos y reiremos y reiremos …, al cabo de lo cual, me besará.

Echo otro vistazo al reloj. ¡Ya lleva una hora de retraso! Espero que su excusa sea de libro o, por lo menos, digna de ser encuadernada.

Continuaremos caminando por la orilla del río. Le lanzaremos una mirada al Nilo que este nos escupirá de vuelta. Iremos de la mano, soñando con llegar a ir del brazo, con nuestros corazones palpitando en son de hacerse compañía recíprocamente. Proclamaré mi amor por ella a los cuatro vientos y le prodigaré múltiples atenciones. Me desviviré por hacer realidad sus sueños y por, sin siquiera pedir explicaciones a cambio, concederle lo que se le antoje, ya sea el sol, la luna o las estrellas. Llegado el caso, aún no sé muy bien de qué me valdría a efectos de agenciarme según que astros a un precio asequible, pero, en cualquier caso, no dudaría en hacer lo posible por complacerla. Si hiciera falta, desviaría el cauce de los ríos para que fluyeran a sus pies, reescribiría la Historia para que ella figurase como la heroína, reestructuraría el atlas para situarla en el epicentro y que todo orbitara en torno suya.

Ya llevo tres horas esperando de pie frente al Nilo. A estas alturas, debo empezar a barajar la posibilidad de que no aparezca en absoluto.

 

Escrito por el doctor Magdi Mostafa Al-Qousy.

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Por ella, habría esperado per in eternum.

a) ¡Si por lo menos hubiera hecho acto de presencia una sola vez!

b) No tenía nada mejor que hacer que edificar castillos en el aire donde poder atenderla primorosamente.