Cita con el paraíso

Skikda, Algeria

Todo ocurrió en menos que canta un gallo. Había salvado el pellejo por el medio metro que había cubierto en su descenso a la playa y que en el momento culmen mediaba entre él y el lugar en que la apoteosis había hecho acto de presencia. Las víctimas se contaban en decenas, los ataúdes del cortejo fúnebre desfilaban uno tras otro por toda la ciudad, y la asistencia sanitaria se hallaba colapsada. Para no faltar al honor de ser considerada una ciudad árabe que se precie de serlo, Skikda no escatimó en recursos para proveer de fastuosidad, pompa y circunstancia a la celebración que acompañó la inauguración del nuevo cementerio comunal. Rodeada de tiendas de ultramarinos, la mezquita del barrio observaba el espectáculo de luces y sonidos desde la acera de enfrente con estoicismo espartano.

La calle Mourad Didouche, que, por mucho que le pesara, pasaría a la historia con el apodo que le dieron los franceses, “Les R4”, amaneció como de costumbre con la llamada a la oración del rayar del alba. Con detenimiento deliberado, se deslizó de debajo de la negra manta con la que la noche la arropaba al caer. Él se arrimó al viejo cascarrabias que se ponía en la esquina a vender tabaco. Las palomas se lanzaron en picado sobre los mendrugos de pan seco que las jóvenes de la panadería les habían echado a un lado de la calle. Desde detrás de una ventana entornada, se asomaba una mujer de unos cuarenta con el pelo encrespado. Se disponía a vapulear en el exterior una alfombra trenzada con escenas cotidianas de la vida magrebí. De pronto, le dio por estornudar. Cada cual se despeja como le sale. No obstante, las mujeres de Skikda comparten todas una fijación malsana con dejar la calle como una patena. Tanto es así, que se le presentan a uno dos opciones a la hora de ir a pegarse un voltio por la ciudad: o bien opta uno por alejarse de las zonas residenciales y traga polvo como un condenado, o bien acaba uno cogiéndole el tranquillo a vadear los cubos de agua que las mujeres están venga a tirar desde sus balcones sin previo aviso.

La laberíntica galería cubierta que alberga el centro es parada obligada para todo aquel que visite Skikda por vez primera. Su perfecta simetría transmite una sensación de armonía que deja a todo el que la recorre estupefacto. Siempre llega, no obstante, el momento en que la calle porticada se termina y el forastero ha de despedirse del casco antiguo suspirando. “Fue bonito mientras duró”, le dice él lanzándole un beso. Ella le implora que permanezca un ratito más junto a ella. No obstante, él da un paso al frente, con todo el dolor de su corazón. Iba de camino hacia la playa de Stora, que Eos también sacudía de la modorra matutina con sonrosados dedos después de que los pescadores hubieran regresado al puerto con cajas y más cajas de las sardinas que confieren nombradía culinaria a la ciudad.

Se recostó contra el último pilar de la columnata abovedada para recuperar el aliento y estudió el anuncio que parecía haber vencido a las inclemencias del tiempo sin despegarse del muro de cemento al que fue encolado hacía por aquel entonces ya más de un año sin que, contraviniendo lo que la experiencia nos dice que dicta su naturaleza, ningún local se hubiera molestado en arrancarlo. “La playa de Stora sita en Skikda es el Paraíso Terrenal.” Se sintió tentado a secundar el postulado, hasta que se fijó en la calzada y no pudo por más que advertir que presumir que aquel vertedero pudiera conducir a paraíso alguno era ciertamente descabellado.

Nada más atravesar el último arco que daba al mundo exterior, un estallido fundió las luces de la galería que se extendía a sus espaldas y la presión que ejercen las detonaciones lo eyectó hacia fuera.

Pernoctó en la unidad de cuidados intensivos. Al día siguiente, le parecía que las horas transcurrían ralentizadas. La portada del periódico local que se jacta de poseer el equipo que siempre llega el primero al lugar de los hechos rezaba: “Más de veinte personas han resultado heridas debido al desplome de un edificio en el casco antiguo de Skikda.”

 

Escrito por Mohamed Bouthran.

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Caperucita Roja se hallaba recogiendo flores por el bosque cuando, de pronto, se encontró

a) con una rosa con un tallo lleno de espinas.

b) el lobo feroz.