De al-Anbariyin al fin del mundo

Kadhimiya, Baghdad, Irak

De un pie nos valemos para mantener el equilibrio y del otro, para romperlo.

Por lo visto, al darme a luz, mi madre fue profusamente elogiada por mi capacidad pulmonar. Debía de haber adquirido en su tripa una intuición de lo difícil que lo iba a tener para hacerme oír más adelante, lo cual no es de extrañar considerando que fui gestada y expulsada al mundo en un barrio de las afueras de Bagdad, al que se conoce por el nombre de Al-Anbariyin.

Es un barrio bien bonito, histórico, en el que destacan los ajimeces que sobresalen de las fachadas de madera de las casas con ventanas de cristal tintado. Por la tarde, el vapor que emana de los baños adonde la reina Aliya tenía por costumbre llevar a su hijo, el antiguo rey de Irak, Faysal II, a recibir tratamiento para el asma del que padecía le confiere un aire de misterio, que las palomas se dedican a acentuar con su arrullo. La de recuerdos que conservo de cuando era niña y salía de exploración por sus estrechos callejones.

El barrio despierta con la llamada a la oración que lanza la mezquita donde se hallan enterrados los imanes Musa ibn Ya’far y su nieto, Muhammad al-Yawad, la paz sea con ambos. Los puestos del zoco abren poco más tarde y sus avenidas enseguida se llenan de clientes y vendedores ambulantes, que pregonan sus mercancías a voz en grito. Recuerdo con especial cariño a las vendedoras de gaimar, que visten todas de negro y llevan su producto sobre una bandeja que portean sobre la cabeza. Cerca del mercado, se encuentra la antigua casa de Ali Al-Wardi, el sociólogo e historiador iraquí de reconocido prestigio.

Los residentes de Al-Anbariyin comienzan su día temprano. Los hombres van a trabajar y las mujeres se quedan en casa a cargo de los niños, cuyo pasatiempo favorito es tentar su paciencia. La mayoría no tiene maldad, aunque se les vaya la fuerza por la boca. En cuanto sus madres tratan de enderezarlos, huyen en desbandada.

Las palomas surcan el cielo. Sus dueños salen al patio de sus casas para pegarles un silbido y que vuelvan. Los patios suelen hallarse poblados de naranjos y espina santas.

Los que han cumplido por la mañana, tienen la tarde para sí. La mayoría de los hombres opta por sentarse a tomar un té en una de las cafeterías del barrio y echar una partida de dominó. Para los hombres la vida nunca deja de ser una aventura.

De camino al cole, solía pasar siempre por delante de una de esas cafeterías. Un día, vi un fajo de billetes tirado bajo una de las sillas de la terraza. No debía de tener más de diez años. En un primer momento, pensé en quedármelo (para qué voy a mentir), pero enseguida me di cuenta de que aquel tesoro no me pertenecía y que lo suyo era hacer lo posible por que retornara a las manos de su legítimo dueño. Ya tendría tiempo yo en el futuro de reunir mi propio capital.

Alerté, por lo tanto, a uno de los que se hallaban sentados en la terraza acerca del fajo de billetes. El hombre en cuestión se puso en pie, cogió el dinero, se lo guardó en el bolsillo de su túnica y me exhortó a que prosiguiera mi camino.

Nunca supe si el dinero le fue devuelto a su dueño. No obstante, yo me quedé con la sensación de haber hecho lo correcto. Como Gilgamés, para mí, lo importante, ya entonces, era lograr descubrir el secreto de la vida eterna. Sabía que no se hallaba contenido en las aguas de una fuente o planta con propiedades mágicas, pero no fue hasta más adelante que me percaté de que la única forma de conseguir que mi nombre me sobreviviera consistía en volcarme en la escritura.

 

Escrito por Rasha Al-Saidali.