La mañana se está portando como es debido.
Ella transita bamboleándose en su translúcida túnica a la vera de Antonio hacia la cavidad rocosa a orillas del mar. El viento, de modales disolutos, lleva al enamorado, de carácter de por sí proceloso, a encabritarse. Entre las opimas vistas que tan alegremente se prodigan y el insolente que osa acosar a su chica, Antonio se halla ofuscado. En el umbral oriental de acceso al baño dinástico, él jura esperar por ella por los siglos de los siglos si hiciera falta y promete no volver a endilgarle esas miradas lascivas con las que traficaba hasta hace un momento. Se lo repite una y otra vez, con las mejillas encendidas merced a saberse mintiendo como un bellaco.
Sus seductores labios trazan una sonrisa que patentiza su incredulidad. Asimismo, relaja los párpados sobre sus soñolientos e incitantes ojos, revelando el valor que le merece que lo que él dice case con la verdad.
La rocosa oquedad se la zampa. Tiene a Antonio, “el centinela”, claveteado in situ, controlando al universo ...Leer más