La letra del canto de sirena

Juliyana Beach, Benghazi, Libya

Me senté en una cafetería a contemplar el atardecer sobre el mar, que se hallaba en calma. A esa hora, casi todo el mundo había emprendido ya el camino de vuelta a casa. Por la ventana abierta del café, llegaba el olor a pescado frito de los chiringuitos de playa, y eso que apenas corría nada de aire. De fondo, sonaba música de cámara. Me puse a leer un libro sobre la historia de Libia y, de pronto, di con un párrafo que me llamó especialmente la atención. Rezaba:

“Cuenta la leyenda que Playa Juliyana le debe su nombre a la hija mayor del cónsul inglés que tenía Libia en 1850. Al parecer, la joven, que era un auténtico bombón rubio de diecisiete primaveras al que todo el mundo adoraba, se fue un día a pegar un baño al mar y se ahogó. Fue precisamente para honrar su memoria que se le cambió el nombre a la playa donde el mar devolvió su cuerpo.”

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Wadi el Kuf

Wadi el Kuf, Lybia

En una noche de luna llena, aunque especialmente tenebrosa, se reunieron los brujos más poderosos del mundo en un lugar secreto del fondo del valle que se conoce como Wadi el Kuf. No era una noche cualquiera; era la noche en que, en virtud de lo que estipulaban sus códigos de conducta diabólica, los brujos confiaban en que se abrirían las puertas del infierno. Supuestamente, esto ocurría sólo una vez cada mil años, por lo que se trataba de una ocasión muy especial. Sus fuentes no precisaban la fecha exacta en que este acontecimiento se suponía que había de ocurrir, pero todo indicaba que aquella era la noche en cuestión, pues la gente había perdido toda noción del bien y el mal, y se había acabado plegando a la voluntad de la mayoría y conformando con la realidad tal cual se presentaba ante ellos.

Los brujos bendijeron la tierra a sus pies y, seguidamente, se pusieron a recitar sus encantamientos. A continuación, les tocaba a los tres brujos ...Leer más

¡Eres un puto cristiano!

Benghazi, Libya

Sentado frente al local, Naguib espanta moscas a manotazos. Desearía poder ahuyentar con la misma facilidad los temores que, en tropel, acuden a su mente y monopolizan su pensamiento. Suspira con vehemencia, en la esperanza de poder expulsar en un soplo la informe mole negra que azota sus entrañas. “Estoy jodido”, dice para su sayo.

De pronto, oye a un desconocido tararear a sus espaldas. La piel se le eriza de lo mucho que desentona en una calle como aquella, en la que se han llegado a cometer todo tipo de atrocidades a la luz del día, alguien que se entrega a un placer tan frívolo y, en apariencia, inocuo como aquel.

Para acallar sus miedos, Naguib le pone letra: “Corazones rotos, miradas errantes, caras de espanto …” Muhammad aparece acompañado de su familia. Al dirigirle la palabra, Naguib pega un respingo.

-¿Cómo lo llevas? -le pregunta.

-Voy tirando.

-¿Este cacho tierra pertenece a alguien o estamos aquí en territorio comanche? -demanda saber el desconocido.

-Has dado en el clavo. Esto es la ...Leer más

La OEA, el porro y el anciano turco

La plaza de los Mártires, Trípoli, Libia

Esta historia trata de dos personas que, pese a compartir el 25 % de su material genético, pertenecieron a generaciones que parecen haber vivido en eras distintas. Sara se encontraba en una gran plaza que había cambiado de nombre varias veces a lo largo de la historia. Era la más grande y la más famosa de la ciudad. Frente a ella, se erguía un edificio que se remontaba a época preislámica. Asimismo, otro de los edificios que bordeaban la plaza, el rojo, lucía una inscripción que indicaba que el monumento databa de antes de Cristo, o, lo que venía a ser equivalente, de antes incluso de que se comenzara a registrar el paso del tiempo.

Sara se hallaba esperando al tipo con el que había quedado para que le vendiera un canuto de María. Por aquellos lares, estaba fatal visto que las mujeres fumaran hierba, que fumaran, a secas, fuese lo que fuere. Fumar estaba terminantemente prohibido. ...Leer más

La bella y la gacela

Ganador del concurso “Las mil noches y un amanecer”

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De esto hace ya más de ocho años, antes de que se sustrajera la estatua de La Bella y La Gacela del corazón de la ciudad. Fue la última mujer de la historia de Trípoli en contonearse desnuda. Yo me encontraba en el coche con mi padre. Él es un hombre tradicional de ElKedoua, una región rural a cuarenta quilómetros de Trípoli. Mi padre se abrió camino en la vida salvando todo tipo de obstáculos. Se hizo médico, a pesar de que en su momento soñara con convertirse en piloto. Cada vez que veía un avión surcando el cielo, me decía: “Fíjate en ese avión. ¿Acaso no es una maravilla?”

Me acuerdo de la forma de sus pequeños ojos negros y de las bolsas que le colgaban de ellos. No los entendía hasta hace poco, cuando probé aquella sensación de perder el sueño y descorchar una pesadilla que no parece tal hasta que está a punto de terminar.

Durante mi adolescencia, solíamos sentarnos en el ...Leer más