Mi querido amigo, Sansón

Man leaned over green container, Directorate of Tourism, Latakia, Siria.jpg

¿Cuándo empezó Sansón a formar parte de mi historia? No sabría decir. Seguramente dependa de la fecha que se establezca como aquella en la que da comienzo mi historia. Aunque, puestos a fijarla en algún sitio, yo lo haría al marco de la ventana por la que me asomo cuando cuanto busco es dejar vagar mis pensamientos.

Yo soy un animal de costumbres. Por la mañana temprano, me gusta sentarme con mi vaso de leche a observar a la gente de la calle. Entre los madrugadores, suelen constar los estudiantes, los barrenderos, algún que otro de esos que gustan de salir a correr por las mañanas y los que tienen un trabajo de ocho a cinco, que no parecen tener prisa por llegar a su destino, pero a los que enseguida se les nota lo que les exaspera que los corredores se crucen en su camino. Mi jornada empieza por la tarde, con lo que me da tiempo a, después de haberme pasado un rato simplemente contemplando el discurrir de la peña por la calle, acicalarme frente al espejo, hablar por el móvil con unos y con otros, y tomarme un café que me insufle cierta sensación de urgencia.

Para cuando por fin me atreví a aproximarme a él la primera vez, me había pasado tanto tiempo observándolo desde la distancia que sentía que ya lo conocía de antemano, y eso que, hasta ese momento, él ni siquiera sabía de mi existencia. Básicamente, lo que ocurrió fue que, un día, decidí llevarle una empanada de tomate y huevo duro para desayunar. Se la dejé a un lado sobre la acera y me di media vuelta. No quería que pensara que yo esperaba recibir nada a cambio.

Nunca llegamos a ser amigos sensu stricto, pero quiero creer que nos entendíamos, aunque no nos valiéramos de palabras a tal efecto. No me consta que fuera de los que le dan a la lengua precisamente, pero tampoco se puede decir que yo le diera mucha opción a demostrarme lo contrario.

El contenedor verde junto al que se solía sentar se hallaba a pocos metros de la oficina de turismo a la que daba mi ventana y solía estar concurrido, ora por quienes lo alimentaban, ora por quienes esperaban poder encontrar con qué alimentarse en su interior. Recuerdo verle rebuscando entre la basura y pensar que, a pesar del aspecto que presentaba, no éramos tan distintos, pues yo también acababa todos los días buceando en mierda, con la diferencia de que la mía se empeñaba en pasar desapercibida como materia a la que aún se le puede sacar provecho. A lo mejor, nos encontrábamos ambos con la cabeza metida en el contenedor equivocado.

Nunca llegué a enterarme de cuál era su verdadero nombre. Lo llamo Sansón porque sus melenas eran, cuanto menos, dignas de alabanza. Además, poseía una estatura y una corpulencia que rallaban en lo intimidatorio. Se me ocurrió apodarlo así el día que lo vi, apoltronado en su sitio habitual, estudiando el periódico. Algo debió de leer que le hizo poner cara de asco y a mí me hizo gracia que el periódico pudiera contener nada que le pudiera llegar a afectar en modo alguno, considerando que parecía hallarse, ya de por sí, expuesto a toda la miseria humana que se da en el mundo. Por un momento, me pareció como salido de un cuento, al que supiera que podía retornar en cualquier momento.

Una mañana como otra cualquiera, me preparé mi vaso de leche y me fui a asomar a la ventana. ¡Cuál fue, no obstante, mi sorpresa al descubrir que Sansón había logrado desvanecerse efectivamente! Aún así, me metí en la mochila la empanada a la que tenía pensado invitarle aquella mañana también (pues, entre tanto, aquella se había convertido en otra de mis costumbres) y salí a la calle. No me había alejado apenas de la puerta de mi casa cuando, de repente, reparé en que se había congregado toda una masa de gente a la entrada del túnel que se encuentra a unos pocos metros de donde vivo. Me acerqué a la multitud para averiguar en torno a qué se hallaba arracimada, me puse de puntillas y estiré el cuello para poder ver por encima de las cabezas de la gente y, finalmente, lo vislumbré. Se trataba de Sansón, que se hallaba al otro extremo del túnel, tendido en el suelo y rodeado por un charco de sangre. Tenía una expresión plácida en el rostro, como si se hubiera quedado dormido.

Al verle, mi corazón se encogió y, con voz quebradiza, le dije al hombre que se encontraba de pie junto a mí:

—Ese es mi amigo, Sansón.

Este se volvió hacia mí y contestó:

—Sí, yo también lo consideraba mi amigo.

 

Journalist Rima-Raii

La autora, Rima Raii:

Escritora y periodista de origen sirio. Ha publicado dos antologías de relatos: Y por fin, el mundo sonrió y Todo lo bueno se hace de rogar.