El edificio amarillo

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Seguía siendo el mismo, a pesar de que la pintura amarilla de sus paredes se hubiera desconchado y oscurecido. Bastante había aguantado en pie con todo lo que había llovido a lo largo de los años.

Erguido frente al colegio, me puse a recordar. Me acordaba como si hubiera ocurrido el día anterior de cuando de niño pedí ser transferido de vuelta a ese colegio. Se armó un revuelo del quince. El mundo se puso en mi contra. Hasta al gobierno, al que casi nunca se le daba vela en nuestros entierros, se le dejaba meter baza. Por lo visto, había sido expedida una ordenanza que establecía que los niños debían acudir a los colegios que hubiera en la vecindad de sus domicilios. Nos habíamos mudado hacía un año a las afueras y, por ende, a mí me tocaba cambiarme de colegio.

Pese a que el colegio nuevo se hallaba a un tiro de piedra de casa, en la plaza central del pueblecito en el que vivíamos, que se hallaba poblada de palmeras y árboles de todo tipo, el interior del colegio se revelaba desolador. Ni árboles, ni flores, ni pajarillos, el patio de recreo era un solar de asfalto cubierto de arena y encerrado entre cuatro paredes. Todo era nuevo, pero carecía personalidad.

Por el contrario, mi antiguo colegio, el de los muros de color amarillo ceniciento, se emplazaba en un lugar tirando a inhóspito, en el corazón de la jungla de edificios de hormigón que constituía el centro de la ciudad. No obstante, por dentro era un paraíso terrenal. Tenía un jardín en el que abundaban las flores policromáticas y que comprendía plantas cuya variedad llegaba incluso a desafiar la nomenclatura botánica. Antes de acostarnos por la noche, suspirábamos por volver a vernos a la mañana siguiente calentando con nuestras posaderas los bancos de madera que abarrotaban el aula en la que nos impartían clase de agricultura, así como por volver a corretear en clase de deporte por el jardín de palmeras y alcanforeros que alcanzaban un tamaño de cuidado y llevaban tanta andadura a sus espaldas como el propio colegio.

Al director de mi nuevo colegio le sentó fatal que me presentara en su despacho para instarle a que me permitiera cambiarme de vuelta a mi antiguo colegio. Mi antiguo colegio representaba la competencia y no había nada que entretuviera más a los directores de ambos centros que encontrar la forma de retarse cada dos por tres por ver cuál de ambos se llevaba la palma por dirigir un colegio de mayor prestigio. El director del colegio nuevo había osado adquirir un set de altavoces que enchufaba a un micro por el que se lucía propagando a los cuatro vientos la excelencia del colegio que dirigía. No obstante, enseguida se percató de que yo no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer, por lo que, finalmente, acabó condescendiendo a regañadientes. Dijo rezongando:

-Te firmo tu papelote y allá te las apañes. No quiero volver a oír nada de esta historia.

Acudí a mi padre con el tema y se negó en rotundo a sopesar la eventualidad de que yo me acabara cambiando de vuelta a mi antiguo colegio. Su desaprobación de mi campaña por que se respetaran mis preferencias le demudaba el semblante. Bufando, me exhortó a que me aclimatara a la situación vigente y me aviniera a quedarme en el nuevo colegio, no porque estuviera a la última en el sector pedagógico y contara con cachivaches de tecnología punta, sino porque estábamos emparentados con más de la mitad de los docentes del centro y eso, a mi padre, le daba la tranquilidad de saber que yo no tendría que sudar la gota gorda para pasar de curso año tras año. Finalmente, no me quedó más remedio que falsificar la firma de mi padre. Nunca antes había cometido un delito de semejantes proporciones.

Me faltó tiempo para calzarme las botas y enfilar mi antiguo colegio cuando por fin llegó por correo el visto bueno oficial de las autoridades que tenían un decir en si mi propuesta era factible. Salí de casa como alma que lleva el diablo, ni siquiera espere a que amaneciera un nuevo día.

Al verme de nuevo por los pasillos, los profesores de mi antiguo colegio, al que por fin había conseguido retornar, se quedaron de piedra en un primer momento, y a cuadros al momento siguiente. Me miraban como si fuera un alienígena que hubiera adoptado forma humana. Primero, guardando las formas, me pedían hablar después de clase y, después, desatados, me acribillaban a preguntas para sonsacarme el motivo real de que hubiera regresado. No lograban comprender que hubiera preferido renunciar a la comodidad de tener asignado un pupitre personal con cajonera, en la que se podían dejar los libros y el material escolar bajo llave para no tener que estar cargando con ellos en la mochila del cole a casa y viceversa, en lugar de renunciar a continuar en un colegio con taburetes cojos y apariencia desaliñada. Los pobres mentecatos confundían la velocidad con el tocino.

Les parecía inconcebible que, a la hora de tomar mi decisión, hubiera primado el valor sentimental que le atribuía a mi colegio antiguo en virtud de la experiencia vivida frente al valor palpable de poder sentarme en pupitres-escritorio frente a pizarras inteligentes a disfrutar de instalaciones de diversas prestaciones. Yo no podía hacérselo ver, porque me habrían tachado de cursi y se habrían mofado de mí.

En el fondo, la razón principal de que hubiera deseado cambiarme de colegio tan fervientemente estribaba en que temía que las amistades que había trabado con los niños de mi antiguo colegio se fueran deteriorando paulatinamente a causa de no poder compartir con ellos lo que me llevaba a compartir verlos todas las mañanas. Treinta años más tarde, ya no me trato con mis antiguos compañeros de clase. En un momento dado, me pegaron una puñalada trapera y actualmente me cruzo de acera para evitar topármelos de frente por la calle.

 

Escrito por Ali Fathi.

Elige tu propia aventura

No hay razón para pensar que los hombres a los que llaman sentimentaloides no

a) se hayan ganado su reputación.

b) puedan reivindicar su derecho a dejarse tocar la fibra sensible.