Bloque de cemento con vistas al mar

Vista panoramica nocturna en Alejandria

Esta vez, he decidido cambiar de veras. A fin de cuentas, es precisamente a próposito de episodios cotidianos de vitola semejante que uno debería sentirse impelido a pasar revista a su manual de conducta. Definitivamente, es ahora o nunca. Todo resoluto, me autoinculco: En esta ocasión, toca cambiar forzosamente. Y aquí me hallo, rompiendo con mi bien afianzada rutina diaria. En vez de volver del trabajo directamente a casa, enristro hacia el mar.

Desde hace años, sueño con disponer de tiempo como para poder pegarme un garbeo por la orilla más a menudo. Resulta, pues, que a mí el mar me vuelve loco. Pero no como al resto de la gente (está visto que el mar le pirria a todo hijo de vecino). No, a mí me fascina de veras. Me encanta sentarme frente a él, zambullirme en él, … y siempre he deseado poseer un gran apartamento en una planta alta con vistas al mar. ¡Con decir que, básicamente, no hay pescado que no haya probado y con el que no me haya relamido de gusto! Pero si alguien me preguntara qué es lo que más me cautiva del mar, respondería sin vacilar que se trata de su inabarcable extensión, de su inconmensurable magnitud. Recuerdo que alguien en una ocasión me hizo caer en la cuenta de que “mar” en árabe se convierte en “amplitud” si se lee del revés. La verdad es que la curiosidad lingüística me hizo su gracia, me pareció una observación muy acertada.

Es cierto que, al hablar de lo que me gusta, enseguida se me encienden las pasiones y tiendo a verlo todo de color de rosa, pero eso no quita para que posea una noción de las cosas y sepa que todo tiene sus pros y sus contras. La mayor pega que yo le veo al mar es la de que, cuando me invita a pasear por su orilla, me rocía toda la cara con gotitas de agua salada que me dejan unos surcos en las gafas de los que, hasta que no me pongo a frotar con agua y jabón, no hay manera de librarse.

Pero, ¡alto ahí! ¿Acaso es eso lo que más me escama del mar? Ahora lo veo con claridad meridiana, a pesar de no haberme limpiado las gafas, porque a estas alturas tampoco es que sirva de mucho ofrecer resistencia a la tozudez marítima si ha puesto la mira en enguarrármelas. Un chico y una chica se hallan sentados a una cercanía de lo más calamitosa sobre uno de los enormes bloques de cemento que dan al mar y que fueron colocados en su día allí donde están ahora precisamente para que algo le plantara cara al veleidoso oleaje. Resulta que ahora se ha convertido en un lugar frecuentado por parejas de tortolitos ¡que van a pegarse el lote! ¡Lo que faltaba! ¿De dónde se supone que voy a sacar la fuerza de voluntad para cambiar si la gente pasa de todo? ¿A qué espera la peña para percatarse de lo mal que les hace quedar su desfachatez, de la impresión que dan de padecer oligofrenia profunda? Todo apunta a que el rumbo de los mentecatos no es susceptible de sufrir variaciones, ni tan siquiera pequeños reajustes contemplados a la luz de los grandes acontecimientos que le echan a uno por tierra sus convicciones.

No obstante, yo me he comprometido a cambiar y, por ende, el primer cambio que acometa será el de ejercer un impacto más positivo sobre mi entorno mostrándome más accesible para todos aquellos que deseen darle un vuelco a su vida enmendando su comportamiento. Reduzco el paso y, con el ceño fruncido, les lanzo una mirada torva para ver si se cortan un poco. ¡Qué va!, ni siquiera se dan por aludidos. Quizá hayan pasado por alto mi presencia. Podría uno afirmar sin temor a columpiarse que no están a otra presencia que no sea la que supone la del uno para el otro. Aún así, con una osadía rayana en el insulto, como si lo hiciera adrede, a fin de encresparme, el chaval se arrima aún más a la chica y le pasa un brazo por la cintura.

Me detengo justo detrás de ellos y carraspeo sonoramente, pero ellos permanecen inmutables, totalmente ajenos al mundo que los rodea. En vez de reportarse, lo veo inclinarse hacia ella como con intención de abrazarla. Siento que me empieza a hervir la sangre en las venas al ver como él efectivamente va y, sin reparo alguno, la estrecha contra sí. ¿Adónde va a ir a parar la humanidad con tanto degenerado? Sin embargo, para mi sorpresa, el abrazo en el que se funden, … como que no acaba de cuajar, como si no vibrara con el voltaje necesario para que se pudiera aventurar que aquello catalizaría lo que uno podría presuponer que, a sus ojos, hubiera justificado una afrenta a las buenas costumbres de calibre afín. Más bien, parece estar ayudándola a ponerse en pie. Ella, por su parte, se aferra a él como si su vida dependiera de ello, como si se hallara suspendida de su torso al filo de un acantilado. De golpe, los músculos de sus respectivos cuerpos pierden el control, tiemblan espasmódicamente, se distienden. Una sonrisa tonta surca sus semblantes. Momentos antes de que ambos se yergan por completo, él se agacha nuevamente, manteniéndola a ella sujeta por la cintura con su mano derecha y extendiendo los dedos de su mano izquierda hacia abajo. Tantea el suelo en busca de algo que parece haberse dejado tendido a sus pies.

Sin previo aviso, una ola gigantesca rompe contra la roca sobre la que se hallan posicionados. Al abatirse sobre ellos, las aguas embrocan su bramido en el relincho de sus broncas carcajadas. Se ríen y él le coloca a ella una muleta metálica bajo el brazo derecho. Se ríen y los faldones de ella, que han quedado completamente empapados, se ciñen en torno a su pierna izquierda, su única pierna. Se alejan riéndose, abandonándome a mi suerte frente a la metralla de la ola, que acribilla los cristales de mis gafas hasta dejarlas plenamente opacas. Ya no los veo, ni a ellos, ni el mar, ni nada de nada.

 
El autor:
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Ahmad Eddeeb
es un escritor alejandrino. Estudió Farmacia, pese a no haberse dedicado posteriormente a nada relacionado con dicho campo del saber. Actualmente, trabaja en la Biblioteca de Alejandría. Escribe cuentos cortos y en 2014 se publicó su antología de relatos intitulada Cuentos para despertar.

Elige tu propia aventura

Considero que el mundo debería adecuarse a la imagen que tengo de él. No obstante, el mundo parece ser de otro parecer. Se nota cuando

a) el mar me escupe una sirenita que me revela mi complejo de castración.

b) las gotitas de agua salada que me rocían las gafas me nublan el entendimiento y, acto seguido, me empañan la imagen que tenía del mundo.