La gaviota, divina como ella sola

Port El Jebeha, El Jebha, Morocco

La gaviota clavó su mirada en mí y el tiempo se detuvo. De pronto, comenzó a faltarme el aire. Mi alma se me figuraba, de golpe, corpórea, tridimensional, de ancha como el cielo y de profunda como el mar. Con el miedo que me dan las alturas, jamás pensé que llegaría el día en que, por desentrañar lo que encierra la mirada de una gaviota, estaría dispuesto a encaramarme a un estrecho muro de cuatro metros de altura y ponerme a hacer equilibrismos sobre él.

Las olas rompen en el embarcadero. La Playa de las Gaviotas es, en lo que a mí respecta, una auténtica joya. Es prácticamente virgen. Tan sólo la frecuentan unos pocos pescadores, las mujeres que se han quedado suspirando en la orilla por el retorno de sus maridos, que se aventuraron en su día a adentrarse en alta mar, y los jóvenes que se sientan en la arena a fumar canutos y rumiar acerca de su futuro con la mirada perdida en el horizonte. En días despejados, se deja, pues, adivinar la codiciada costa europea al fondo. A veces, me pregunto que le ve la gente a esa línea que se extiende hacia el Norte para que le merezca la pena jugarse la vida por alcanzarla.

Como iba diciendo, aquel día, que había bajado a la playa a pasar el rato, una gaviota se me quedó mirando. El universo se reflejaba en sus pupilas, un universo en el que, tanto el tiempo, como el espacio habían quedado suspendidos. Por alguna razón, el modo en que me examinaba me recordó la forma en que los niños encañonan a los adultos con la mirada cuando desean acribillarles a preguntas. En afán de descubrir lo que la gaviota aquella, que no se asemejaba a ninguna otra gaviota que hubiera visto nunca antes, parecía querer decirme, decidí armarme de valor y acercarme a ella. No desistir de mi empeño a medio camino me costó un esfuerzo de voluntad ímprobo. Ella, no obstante, permanecía en silencio, impasible a mi lucha interior. Me hería en lo más profundo de mi ser que no pareciera dispuesta a reconocer lo que me suponía en sudores fríos y quebraderos de cabeza aquel acercamiento.

Me acerqué hasta tenerla a un palmo de distancia y sólo entonces me hallé lo suficientemente cerca como para poder sostener con certeza que jamás llegaría a acercarme lo suficiente como para poder averiguar en qué consistía lo que la llevaba a ser incognoscible.

 

Escrito por Ibn Allal Sidi Khaled.