El náufrago respira

Paisaje campestre del norte de Argelia, entre las aldeas de Mila, Ain Tinn y Sidi Khelifa

Se detuvo a contemplar el rifle de él, que colgaba de la pared de los recuerdos. Despertaba su pasado, que le abría las puertas de par en par. Fue cruzar el umbral y salir en desbandada tras las palomas. El movimiento de las nubes cogía vuelo en el cielo de mediodía. Tropezó al oír de repente un disparo pasar rasándola. Su silbido le recordó el bramido de las bahías encalladas en su fuero interno y le hizo temblar. Sabía que la bala del cazador siempre daba en el blanco, como si la hubiera abatido a ella, en vez de a esa paloma que se ahogaba en su sangre. De repente, sintió una mano posarse sobre su hombro. Se giró, pero no vio a nadie. Respiró hondamente y suspiró por la tubería de su corazón. Se trataba de su fantasma, el de él, que la redimía del calvario de recordar. Se incorporó y su mano arrancó la cancela de la cueva, que continuaba tañendo el himno del árido desierto. Anduvo hasta que la abanicaron las pestañas del sol, momento en que comenzó a cultivar sus anhelos. Tenía las pasiones a flor de piel, en carne viva, lo cual le llevó a envidiar la apatía de la luna nocturna, que conseguía trasladarla a reinos lejanos, a la guarida de los hombres lobo. Cerca de la piedra filosofal, una lechuza se posó para pregonar su augurio. La interpeló, consternada por lo que deparaba el futuro:

-Lárgate de aquí y llévate tu mal fario a otra parte.

Depositó la mano sobre el pequeño corazón que latía en sus entrañas. Se sintió en calma. Frunció los labios como si fuera a modular una plegaria y comenzó a remolcar el peso de la lejanía y la privación por los recovecos de la soledad. Al mismo tiempo, la penumbra comenzó a cernirse, a nublarle el juicio al destino, abriéndole la veda al sol de lo arcano.

En el interior, por una abertura en el techo, la recibió un sol encapotado y sin estrellas. De su vientre se precipitó un gota que hizo germinar la paciencia. “Abraza el dolor y brotara el gozo.” Permitió a unos instantes de paz interior capitular ante el opio de la relajación. Liberó a sus pájaros de la jaula del letargo, mientras sus ojos permanecían embalsamados en insomnio. En la mayoría de sus ciudades prendió la luz de las tinieblas, mientras la desgracia se fundía por una de las avenidas. Las cabezas de los congregados se postraron en silencio en una era en la que los espectros habían depuesto la posibilidad de albergar ilusiones. Entretanto, la triste procesión en su honor la alcanzó en la misma calle que la había llevado a ella hasta él en su día, cuando sus sueños de convertirse en la última paloma en ser apresada con vida se hicieron realidad. No obstante, él la colocó con aire distraído junto a los cartuchos de pólvora, su vida se convirtió en un campo minado y a su corazón le flaqueó el ánimo de seguir bombeando sangre.

Antes del quebrar del alba y a raíz de una corazonada, sorprendió a la agonía, aquella pesadilla momificada que la acechaba, ora en sueños, ora en la vigilia. Las fortalezas del silencio se desplomaron en su sediento desierto. Finalmente, se percató de que no hay escapatoria del destino. Tendió hacia la puerta sin volver la mirada. Lo atisbó, a su fantasma, extendiéndole la mano según se alejaba, poco a poco, hacia el exterior. Ella abandonó su piel y se puso a perseguirlo. No se molestó en atender a la dirección que enristraban sus pies hasta detenerse en el mismo lugar en el que se había posado la lechuza el día anterior. En esta ocasión, alzó la vista hacia lo que reside más allá del abismo y dio con algo inverosímil. Los primeros rayos de sol revelaron su rostro y la silueta de aquel convoy multitudinario. Se alarmó y ambos corazones palpitaron en sus entrañas. La lágrima que porta la invocación trenética rodó por su mejilla y colisionó contra el polvo, que no tardaría en absorberla. En aquel momento, trató deliberadamente de evacuar su perplejidad y se detuvo en la estación del desenlace. Decidió honrarle a su manera, por lo que se dispuso a regresar a la cueva para acicalarse. De camino, una bandada de tórtolas volaron a su encuentro para darle el pésame por última vez. Dio su singladura por zanjada al reparar en el espejo. Se puso entonces a cavarle a él un hogar en las profundidades de su laguna. Lo cercó con el carboncillo delineador, confinándolo al espacio reservado a las cosas imperecederas, para que las corrientes no lo remolcaran al pasado. Cuando ya no pudo discernir entre estertores y el dolor por la separación adulteró el de las contracciones, su fuego se volvió inextinguible, quedando acorazado contra todo lo que no fuera el alud de clemencia que no conoce fin. El alarido del recién nacido que sumerge la vida en paz y tranquilidad restañó las heridas y jaleó el pulso.

 

El autor:
 
Tiouanes Sadeek es un escritor de relatos con un estilo minimalista. Entre 1995 y 1996, participó con varios de sus relatos en unos simposios que tuvieron lugar a nivel nacional en honor a Ghada al-Samman. Le gusta aplicar ideas rupturistas y técnicas experimentales a su forma de escribir.

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No le entusiasmaba la idea de dar a luz a

a) un recuerdo constante de la zafiedad de su difunto marido.

b) una razón para permanecer con vida.