La verdad amortajada

Panoramic view over the city of Constantine, Algeria

Constantina, 1958

Un joven oficial francés entró en un bar del casco antiguo y se pidió algo de beber. Había tenido un día muy largo.

Constantina se emplaza a ambos lados del barranco del río Rhumel y sus siete puentes se yerguen a considerable altura sobre el fondo del acantilado. Se trata de una ciudad histórica que se distingue por su prestancia, a lo sumo, comparable a la de la diosa Ishtar.

Su valor estético no admitía discusión. La tensión que se respiraba en el ambiente de la ciudad le restaba, no obstante, bastante de su atractivo. Las circunstancias en que la había descubierto distaban muy mucho de ser las idóneas y él no había contribuido precisamente a mejorarlas. No estaba particularmente orgulloso de lo que se había visto impelido a hacer para ascender en la cadena de mando, pero su trabajo no consistía en cuestionar las órdenes que recibía de arriba y, en lo que a él concernía, en tiempos de guerra, no tocaba ponerse exquisito con lo que constituye o no un acto moralmente reprobable.

De pronto, se le acercó una hermosa joven con un vestido precioso y le preguntó con una voz dulce, señalando el taburete junto a él:

—¿Está libre?

El joven oficial, que, pese a haber nacido en París, no estaba acostumbrado a que las mujeres se le abalanzaran, sonrió y dijo:

—Sí, por favor, toma asiento.

—Gracias. Soy Isabelle, a todo esto. Francesa, pero de origen español.

—Se te nota en esos ojazos y esa melena azabache que luces que tienes sangre española. Créeme, me da verdadero placer poder contemplar tu belleza, pues, en esta ciudad, las mujeres van todas envueltas en una sábana negra que las cubre de pies a cabeza.

Su expresión facial le truncó la ilusión que tenía de arrancarle una sonrisa con aquella observación, a la que había intentado imprimir una nota de humor.

—¿Sabes por qué visten de negro? —repuso ella, con ademán de querer ponerlo en su sitio.

—¿Para no llamar la atención de los hombres?

—Permíteme ilustrarte. Hace aproximadamente dos siglos, el que acabara convirtiéndose en el alcalde de Constantina, un joven turco llamado Saleh, arribó a la ciudad huyendo de la justicia de su país, pues había sido acusado de hallarse involucrado en un complot para asesinar a uno de los miembros de su familia. Durante el tiempo que se mantuvo en el poder, consiguió que la ciudad prosperara y, en consecuencia, alcanzó gran popularidad entre la gente. Cuando el rey de Argelia tuvo noticia de lo rápido que se había ganado el favor de sus súbditos, se sintió amenazado por él y lo sentenció a morir. Saleh fue ejecutado en 1792 y, desde entonces, no ha pasado un solo día en que las mujeres de Constantina no hayan salido a la calle vestidas de negro, en señal de luto.

—He de confesar que me cuesta creer que la razón por la que todas las mujeres de una ciudad vistan de negro resida en que estén de luto por un hombre que murió hace más de siglo y medio.

La joven decidió ignorar lo que parecía insinuar con su comentario. Miró el reloj que se hallaba colgado de la pared del garito, que estaba a punto de dar las nueve, y dijo:

—Nuestras sendas ya se han cruzado con anterioridad, lo que pasa es que tú no me has reconocido.

—Pero, ¿qué dices?, mujer, ¿cómo iba a olvidar a una mujer de semejante hermosura? ¿Me tomas el pelo?

—¿Te acuerdas del día en que arrestaste a Ahmed Assari, el famoso combatiente argelino al que luego torturasteis hasta matarlo?

—¿Y qué tiene eso que ver contigo?

—¿Te acuerdas del modo tan despectivo en que trataste a su mujer cuando acudió a ti para suplicarte que la dejaras verlo una última vez para despedirse de él?

De pronto, se le encendió la bombilla. Torció el gesto.

—Yo soy su viuda y si antes no me has reconocido es porque, cuando me conociste, vestía de forma que sólo se me veían los ojos.

El joven se quedó paralizado y sin saber qué decir. Tras un silencio incómodo, ella añadió:

—Ahora, al menos, ya sabes el porqué.

La bomba que llevaba en el bolso detonó tan sólo unos segundos más tarde, a la hora exacta a la que había sido programada para explotar. No sobrevivió nadie de los que se encontraban en el bar aquella noche, la mayoría de los cuales eran militares franceses que estaban como una cuba.

 

El autor, Noor Al-Aruba:

Escritor, poeta, novelista, periodista e ingeniero urbanista argelino de Constantina.
Ha publicado numerosos artículos de prensa y antologías poéticas.
Asimismo, ha ganado varios concursos literarios.