
Pende, como el puente, del aire y su inconsecuente consistencia, que la mantiene enajenada, entre un pasado y un presente enfrentados. El arrullo del viento la mece y ella se acurruca en su regazo. Suspira y se aleja, por inercia, como un balón que se desinfla, lo justo para que él pueda alcanzarla nuevamente. Le agrada saber que, si se precipitara al vacío, él la dejaría caer. No sabría decir si llueve cuando ella llora, o si es únicamente cuando llueve que ella llora. Tal vez el cielo en su origen sólo quisiera ayudarla a disimular su tristeza, pero ahora ya no pueda dejar de estar triste para que cuando por fin logre verse que está triste pueda dejar de estarlo. La lluvia cae, armónica para ella, estridente para el resto de la gente de la calle, que aprieta el paso. Desafiando con su rostro lunar el temporal, permanece sentada, al tiempo que sigue el compás recitando la letanía de nombres que se le asignan al Altísimo. Al cabo de media hora, la ...Leer más








